La politica exterior de Estados Unidos hacia America Latina en la nueva administracion democrata

En el trascurso de la década de los ’90 la realidad mundial mostraba un triple panorama: • El derrumbe de la URSS y el continuo declive del poder ruso. • El rápido crecimient...

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Detalles Bibliográficos
Autor principal: Emmerich, Norberto
Formato: Working Paper
Lenguaje:Español
Publicado: Universidad de Belgrano Facultad de Estudios de Posgrado 2012
Materias:
Acceso en línea:http://repositorio.ub.edu.ar/handle/123456789/715
Aporte de:Repositorio Institucional - Universidad de Belgrano (UB) de Universidad de Belgrano Ver origen
Descripción
Sumario:En el trascurso de la década de los ’90 la realidad mundial mostraba un triple panorama: • El derrumbe de la URSS y el continuo declive del poder ruso. • El rápido crecimiento de la influencia China • Estados Unidos seguía siendo la única superpotencia en todas las dimensiones del poder: militar, económica y política [Nye, 1998]. Objetivamente Estados Unidos se hallaba en una posición única como el país individualmente más poderoso e influyente del mundo, lo que le creaba oportunidades a la vez que problemas [Lieber, 2000]. Si bien ese liderazgo era un requisito previo para muchos tipos de colaboración internacional, el fin de la guerra fría hacía más difícil para Estados Unidos obtener la cooperación de sus aliados y amigos ya que, a falta de una amenaza, los países tendían a buscar sus propios intereses [Lieber, 2000]. Frente a una Europa que se resistía a compartir la carga de liderar el orden y la estabilidad global, a Estados Unidos no le quedaba otra opción que jugar el rol de “superpotencia solitaria”. El colapso de la URSS incentivó una actuación unilateral de Estados Unidos ya que una guerra fría que no se ganó con expectativas de democracia global, capitalismo y derechos humanos promovió la aparición de movimientos anti-occidentales con nuevas ideologías, líderes y estrategias. Cuando la primacía no es contenida frecuentemente tienta a los enemigos y provoca la formación de coaliciones hostiles y contrabalanceadoras. Cuando se la maneja con prudencia, la dominación resguarda noblemente a la nación que la ejerce, asegurando no solo su bienestar sino extendiendo a través del sistema internacional un orden estable basado en su imagen [Kupchan, 2003: 3]. Las grandes potencias son los actores principales en la vida internacional. Extienden su influencia más allá de sus fronteras, buscando diseñar un ambiente global conducente a sus intereses. “Para hacerlo efectivamente necesitan un mapa conceptual del mundo y una gran estrategia que sigue a ello, apuntando a resguardar los fines internacionales perseguidos en balance con los medios disponibles para esos fines” [Kupchan, 2003: 3] [Jowitt, 2003]. El más elevado tipo de estrategia –a veces llamada gran estrategia- es aquella que integra las políticas y los armamentos de una nación de modo que el recurso a la guerra es innecesario o es emprendido con la máxima garantía de victoria”. Mediante esta definición, Earle extendió ampliamente el ámbito de estudio sobre la “gran estrategia” para abarcar a las políticas nacionales tanto en tiempos de paz como en tiempos de guerra. Más radical es el argumento de Sir Basil Liddell Hart en su libro “Strategy”, donde propone que dado que “el objeto en la guerra es obtener una buena paz –incluso si fuera sólo desde su propio punto de vista-... es esencial conducir la guerra con una constante mirada a la paz que se desea”. Porque “si se concentra exclusivamente en la victoria, sin ninguna reflexión sobre el efecto posterior, puede quedar demasiado exhausto como para aprovechar esa paz. Casi seguro que la paz no será buena, conteniendo los gérmenes de otra guerra” [Kennedy, 1992: 2-3].