El nombre propio de Dios

Resumen: Es un hecho obvio que, utilizamos nombres para designar las cosas que nos rodean. Y no es preciso ser especialista en cuestiones gramaticales para diferenciar los nombres propios —con los que indicamos sujetos individuales— de los comunes —que expresan rasgos que hallamos similarmente en...

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Detalles Bibliográficos
Autor principal: Ponferrada, Gustavo Eloy
Formato: Artículo
Lenguaje:Español
Publicado: Pontificia Universidad Católica Argentina. Facultad de Filosofía y Letras 2021
Materias:
Acceso en línea:https://repositorio.uca.edu.ar/handle/123456789/13203
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Descripción
Sumario:Resumen: Es un hecho obvio que, utilizamos nombres para designar las cosas que nos rodean. Y no es preciso ser especialista en cuestiones gramaticales para diferenciar los nombres propios —con los que indicamos sujetos individuales— de los comunes —que expresan rasgos que hallamos similarmente en diversos individuos. Una reflexión somera nos hace ver que, de entre los rasgos que hallamos en las cosas, unos son característicos de un determinado tipo de realidades: expresan lo que esa cosa es ("hombre", "árbol", "casa"), mientras que otros sólo señalan aspectos variables que alteran, como los anteriores, lo que tipifica a la cosa (como el ser "alto" o "bajo"). Y hay palabras que no designan cosas —y por ello no son nombres— sino actos o acciones: las denominamos verbas. Estos son hechos lingüísticos bien conocidos, comunes a todos los idiomas. Aunque al ser formulados trasunten una elaboración posterior (gramatical o filosófica) son anteriores a ella. Es precisamente la reflexión sobre estos datos de experiencia que ha dado origen a la distinción grama eicai entre términos nominales y términos verbales y, entre los primeros, en nombres substantivos y adjet: ivosy y en nombres propios y comunes. Su referencia a la realidad originó a su vez las nociones filosóficas fundamentales : substancia, accidentes, individuo, especie, género, acción, acto. Y no deja de ser curioso comprobar que la reflexión metódica sobre el lenguaje y su relación con lo real comenzó en forma simultánea pero independiente, en Oriente y en Occidente, en la India y en Grecia, en el siglo IV a. C.