Sufrimiento humano, bien y redención, hoy. Las dimensiones del sufrimiento humano según San Juan Pablo Magno
Uno de los colaboradores más cercanos a Juan Pablo II no dudó en afirmar: «Nadie mejor que él puede hablar del sufrimiento. El dolor está escrito en su rostro. Su figura está doblada y camina con dificultad. Se apoya en el báculo, que termina en una cruz». Se trata del cardenal Ratzinger. Cuando...
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| Formato: | Documento de conferencia |
| Lenguaje: | Español |
| Publicado: |
2024
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| Materias: | |
| Acceso en línea: | https://repositorio.uca.edu.ar/handle/123456789/18571 |
| Aporte de: |
| Sumario: | Uno de los colaboradores más cercanos a Juan Pablo II no dudó en afirmar: «Nadie
mejor que él puede hablar del sufrimiento. El dolor está escrito en su rostro. Su figura está
doblada y camina con dificultad. Se apoya en el báculo, que termina en una cruz». Se trata del
cardenal Ratzinger. Cuando se realizaron los funerales del papa polaco, con un punto álgido
en la celebración de la Misa de exequias por su muerte, llamó nuestra atención de
espectadores con un cartel que decía «Santo subito». No teníamos duda acerca de la verdad
allí manifestada. En esa ocasión, se encontraba yaciente ese pontífice que se había movido
como nadie para acercarnos a Cristo. Sin embargo, al final de su vida, ya no pudo hablar urbi
et orbi. Tampoco caminar ni desplazarse por sus propios medios.
Hacía tiempo que babeaba, temblaba y tenía mala dicción por sufrir mal de Parkinson.
Muchos suponían -querían hacernos creer- que ni siquiera podía pensar con autonomía y,
menos aún, gobernar la Iglesia con lucidez y decisión. Decrépito, sin vergüenza, siguió
mostrándose en público, sostenido en la integridad de su dignidad humana personal. El
padecimiento que afrontó desde muchos sectores -también dentro de la Iglesia- pues querían
que renunciara, lo llevó como fruto de su reflexión a afirmar: «Si Cristo se hubiera bajado de
la cruz, yo tendría derecho a renunciar». En el postrero Viernes Santo, en el Via crucis que
rezaba todos los días, sólo pudo tomar un crucifijo y aferrarse. En sus últimos días, postrado,
con infección generalizada, pero consciente, miraba la imagen del Ecce homo que tenía en su
alcoba. Era la que mejor expresaba los maravillosos y luminosos pasajes de la Gaudium et
spes en los que el entonces cardenal Wojtyla había tenido tanta injerencia: «Sólo Cristo le
muestra al hombre quién es el hombre» (n. 22) y «la persona es sincero don de sí» (n. 24) |
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