De la Corte Suprema a las aulas : una conversación con Santiago Legarre
Resumen: Hace 160 años, la Corte Suprema de Justicia de la Nación se pronunció por primera vez en el caso “D. Miguel Otero contra José M. Nadal s/ apelación auto del Superior Tribunal de Justicia de Buenos Aires” (1863)(1). Para rememorar ese hecho fundacional –y, como diría nuestro interlocuto...
Guardado en:
| Autores principales: | , |
|---|---|
| Formato: | Artículo |
| Lenguaje: | Español |
| Publicado: |
El Derecho
2023
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| Materias: | |
| Acceso en línea: | https://repositorio.uca.edu.ar/handle/123456789/17700 |
| Aporte de: |
| Sumario: | Resumen: Hace 160 años, la Corte Suprema de Justicia de la Nación
se pronunció por primera vez en el caso “D. Miguel
Otero contra José M. Nadal s/ apelación auto del Superior
Tribunal de Justicia de Buenos Aires” (1863)(1). Para
rememorar ese hecho fundacional –y, como diría nuestro
interlocutor, “sin precedentes”(2)– conversamos con el
profesor Santiago Legarre(3) sobre su paso por el Tribunal,
su funcionamiento interno, los desafíos de la lectura de
sentencias, la enseñanza del Derecho y algo más...
Una de sus primeras experiencias profesionales lo
llevaron a trabajar en la Corte Suprema: ¿Qué recuerda
de aquellos años?
Cuando entré a la Corte, ya había trabajado en tres estudios
jurídicos grandes, donde había aprendido mucho y
había comprado, con ganas, los espejitos de colores que
generalmente venden esos estudios –igual, así como “no
hay peor ciego que el que no quiere ver”, también es cierto
otro refrán, de mi factura: “no hay peor comprador que
el que quiere comprar”–. En la Corte, compré nuevamente
espejitos, aunque fueran de otro color. Y volví a experimentar,
además, la sensación, como en aquellos grandes
estudios jurídicos, de que me había sacado la lotería. Tanto
en los estudios, como en el Tribunal, aprendí mucho
y me divertí mucho: lo que más quería eran aquellas dos
cosas, juntas.
En el caso particular de la Corte, algo que recuerdo como
emocionante es el hecho de que me tocaba a menudo
leer escritos de los mejores abogados del país, muchos
de los cuales habían sido mis profesores. En ocasiones,
se me pedía que los recibiera en audiencias y me parecía
“surrealista” estar en un rol en el que ellos, que tenían
la edad de mis padres, quisieran tener una reunión
conmigo. Otra memoria indeleble es que al juez que me
llevó a la Corte (mi profesor Antonio Boggiano, a quien
estoy tan agradecido), lo nombraron presidente del Tribunal
mientras me desempeñaba en su vocalía. Esto cambió
radicalmente mi modo de trabajar: pasé de tener un gran
nivel de guía y de control (por parte de él), a gozar de una
enorme libertad (en razón de que el presidente del tribunal
siempre dispone de menos tiempo para dedicar a sus colaboradores).
Aunque al principio disfrutaba de la libertad
ganada, con el tiempo me di cuenta de que salí perdiendo
con el cambio. |
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