Crisis: ¿Acabamiento u oportunidad? ¿Qué educación para nuestro siglo? Una lectura desde el concepto de identidad.
Asistimos a un escenario de cambios radicales y veloces que parecen modificar de manera exponencial nuestras prácticas cotidianas. Parece que incluso el propio cambio ha cambiado. Son signos de que los fines de la modernidad y su propuesta de sentido terminaron. No obstante, las aspiraciones más pro...
Guardado en:
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Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires. Facultad de Ciencias Humanas. Núcleo de Estudios Educacionales y Sociales (NEES)
2014
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Asistimos a un escenario de cambios radicales y veloces que parecen modificar de manera exponencial nuestras prácticas cotidianas. Parece que incluso el propio cambio ha cambiado. Son signos de que los fines de la modernidad y su propuesta de sentido terminaron. No obstante, las aspiraciones más profundas del ser humano aún siguen vigentes. ¿Quiénes somos?; ¿qué sentido tiene hacer lo que hacemos?; ¿por qué vivir como vivimos?; ¿qué es la felicidad?; ¿por qué la buscamos?
¿Qué tipo de educación es necesaria hoy para responder a estas aspiraciones? ¿Es posible comprender nuestro momento histórico como una oportunidad educativa o debemos conformarnos solamente con describir el fenómeno crítico al que asistimos? Sólo se puede responder afirmativamente a estas cuestiones si se opta por volver a la esencia de la educación y a la esencia de lo humano y esto pasa por asumir la pregunta radical acerca de qué es lo que nos confiere identidad. Este concepto a pesar de su carácter polisémico y profundamente subjetivo, condensa en sí mismo un cúmulo de significaciones que se relacionan con procesos de construcción del propio “yo” en el contexto de relaciones humanas y sociales que nos permiten en definitiva hacernos inteligibles frente a otros(as) por medio de similitudes y diferencias. Existe entonces una especie de “lógica” de la diferenciación social humana que atraviesa todos nuestros comportamientos ya que buscamos distinguirnos por diversos símbolos asociados a nuestras formas de vida, pero al mismo tiempo queremos parecernos a grupos de pertenencia que al menos nos confieran status o un rol social. Parece ser entonces que nuestras vidas se desarrollan entre tensiones de ruptura y de continuidad las que buscamos invalidar o valorizar dependiendo de si nos son o no favorables. Es por lo tanto, la identidad un cúmulo de características objetivas y subjetivas que remiten a cómo me represento a mí mismo confrontando esas comprensiones con cómo me ven los demás. Preguntarnos entonces acerca de identidad es preguntarnos radicalmente por aquellos aspectos que no sólo nos diferencian de los otros(as), sino que sobre todo nos unen y vinculan a ellos(as). Es en definitiva abrirnos a un lenguaje y a unas prácticas de y para la alteridad, característica, desafío y meta de una auténtica educación. Educar a otros, con otros, para otros.
En este trabajo teórico, ofreceré algunas ideas acerca de estos gravitantes conceptos vinculándolos con el de identidad profesional docente en cuanto que lo que pensamos y hacemos los profesores son prácticas que no sólo nos confieren identidad profesional, sino que también delinean como es la educación hoy y como debería ser para responder a su sentido más noble. Los profesores en cuanto profesionales poseen un doble estatuto, estos son estatuto profesional y estatuto epistemológico. El primero refiere a las características construidas por los propios profesionales (específicamente aquellas que le permiten desarrollar una específica función social); y el segundo se relaciona con un dominio de un corpus especializado de conocimientos concretizados en un saber propio y específico. Estos saberes en definitiva, junto a un sistema valórico, es lo que les permite situarse en su propio espacio y rol social, por ello decimos para el caso de la profesión docente, que su identidad es una posición construida históricamente en la relación de los profesores con otros grupos sociales. Por lo tanto, preguntarse acerca del estatuto profesional de los profesores debería tender a marcar un proceso que debe sortear los constantes dilemas, amenazas, compromisos morales, presiones externas y requerimientos situacionales subyacentes en la cultura escolar. Estos problemas favorecen la configuración de profesores cada vez más solitarios ajenos y/o indiferentes al proceso de construcción social de su profesión, lo que dificulta el desarrollo de la identidad profesional y desvirtúa los fines de una auténtica educación.
Considero que trabajar estos temas sigue siendo necesario, puesto que se hace urgente reclamar para la docencia un mayor reconocimiento de su especificidad y reconstruir una identidad profesional más acorde con el papel educativo a desempeñar en nuestras sociedades postmodernas. Sólo así podremos seguir penetrando en la trayectoria histórica de la profesión docente para recomponer una imagen rota y deteriorada de la misma que nos dice que las prácticas asociadas a su construcción identitaria son acríticas, reproductoras y conformistas. Genuinos procesos de construcción de identidad profesional docente sólo pueden emerger desde la generación de colectivos críticos que articulen procesos subjetivos acerca de sus representaciones, experiencias y saberes especializados desde una base reflexiva, sistemática y conjunta, lo que implicaría necesariamente tomar distancia acerca de lo que se dice sobre los profesores para poner el foco sobre lo que ellos dicen acerca de sí mismos y de lo que hacen en su ámbito de desempeño profesional.
Haciendo entonces un recorrido por el concepto de educación en contextos de crisis y en contextos de profundos cambios sociales ofreceré pistas de algunos rasgos identitarios que la educación debería hoy asumir como urgentes: humanizar y ofrecer identidad a la propia existencia de sus destinatarios; superar una cultura dominante que somete y responder a nuestras preguntas en nuestra época. Una educación para hoy, no puede olvidar que se trata de una actividad radicalmente humana y que eso la identifica, y lo es no sólo porque trabaja con personas; lo es fundamentalmente porque su tarea es humanizar, desplegar las virtudes humanas y hacernos ser todo lo que podemos y debemos ser. El presente y futuro de la educación exige una postura axiológica, la exige para dos cosas: volver a su tarea irrenunciable y resistir a presiones ideológicas que quieren convertirla en (identificarla con) algo que definitivamente ella no es. |