Jesús, el lingüista díscolo : lenguajes de Dios para el siglo XXI

Resumen: Si hubiera que decir cuál de los diez mandamientos es el más relegado, se podría elegir el segundo: “No tomar el nombre de Dios en vano”. Esto marca una característica de nuestro tiempo: la realidad ‘Dios’ ha perdido para muchos aquello de misterio tremendo y fascinante, y así se entiend...

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Detalles Bibliográficos
Autor principal: Di Ció, Andrés F.
Formato: Documento de conferencia
Lenguaje:Español
Publicado: Pontificia Universidad Católica Argentina. Facultad de Filosofía y Letras 2022
Materias:
Acceso en línea:https://repositorio.uca.edu.ar/handle/123456789/13322
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Descripción
Sumario:Resumen: Si hubiera que decir cuál de los diez mandamientos es el más relegado, se podría elegir el segundo: “No tomar el nombre de Dios en vano”. Esto marca una característica de nuestro tiempo: la realidad ‘Dios’ ha perdido para muchos aquello de misterio tremendo y fascinante, y así se entiende también el cambio de tono en nuestras expresiones. Pero no carguemos las tintas sobre los hijos de una cultura poco afecta a lo sagrado. Me gustaría que reflexionáramos sobre cómo hablamos de Dios los que creemos y estamos llamados a enseñar sobre Él. Estilo es aquello que aparece en la superficie revelando lo profundo, haciendo transparente las actitudes interiores. Esto significa que, el modo es ya una cierta presentación del fondo. Además, a través del estilo se verifica -de alguna manera- la coherencia, la sintonía entre la forma y la materia tratada. Importante será entonces prestar atención al estilo de la Teología. Porque puede ocurrir –y de hecho ocurre-, que olvidemos quién es el centro de la sagrada ciencia. Es entonces cuando se pierde la piadosa unción del hijo, y se gana en tajante soberbia. Olvidamos que hacer Teología es pensar el exceso. En un siglo que nace amenazado por la chatura de lo “humano, demasiado humano” nos hace falta recuperar la trascendencia de Dios: su santidad, su gloria. Nos hace falta rumiar esta oportuna frase interdisciplinar de Tomás de Aquino: “La razón por la que se compara al filósofo con el poeta es que ambos tienen que ver con el asombro (mirandum)”. En efecto, el teólogo –que ha de ser tanto poeta como filósofo- tiene que admirarse, tiene que asombrarse en el sentido etimológico de ver “desde la sombra”, desde la penumbra del misterio, que es la oscura noche de la fe.