La crisis de la cultura católica, hoy
Es imposible negar que existió una “cultura católica” y, al mismo tiempo, negar que aparece contemporáneamente como “destruida”. Para comprender esta afirmación, debemos preguntarnos qué se entiende por “cultura” y qué por “cultura católica”. La palabra cultura (perteneciente al verbo latino colo...
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| Formato: | Documento de conferencia |
| Lenguaje: | Español |
| Publicado: |
2024
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| Materias: | |
| Acceso en línea: | https://repositorio.uca.edu.ar/handle/123456789/18596 |
| Aporte de: |
| Sumario: | Es imposible negar que existió una “cultura católica” y, al mismo tiempo, negar que
aparece contemporáneamente como “destruida”. Para comprender esta afirmación,
debemos preguntarnos qué se entiende por “cultura” y qué por “cultura católica”. La
palabra cultura (perteneciente al verbo latino colo, colere, cultivar) significa
etimológicamente “cultivo”. La cultura es, ante todo, una labranza o laboreo. Es también el
mejor resultado de ese esfuerzo conseguido a través del tiempo por los diferentes pueblos.
Cultura, en su definición verbal-etimológica, es, pues, educación, formación, desarrollo o
perfeccionamiento de las facultades intelectuales y morales del hombre; y en su reflejo
objetivo, cultura es el mundo propio del hombre; el conjunto de maneras de pensar y de
vivir, cultivadas, que suelen designarse con el nombre de civilización. La cultura deja de
ser cultura cuando se aparta de la premisa fundamental que es la de propender a la
elevación del espíritu del hombre, a su obligación de mejorar su condición y a su cometido
principal que es honrar la vida humana, en todas sus dimensiones constitutivas. Así, nos
enseña ya el Concilio Vaticano II en la Constitución pastoral Gaudium et Spes1
. Y el
Evangelio es la más eminente forma de cultura porque integra todos los esfuerzos y
posibilidades humanas para que el hombre vaya llegando a ser lo que está llamado a ser:
icono, imagen de Dios. Y Jesucristo, que representa los más altos valores humanos, es el
innegable patrimonio cultural de la humanidad. Esto implica una consecuencia vital: todos
los católicos que, como tales, deben evangelizar, es decir, todos aquellos cristianos hoy
denominados “agentes de evangelización”, debemos, en fidelidad al Evangelio y en
perfecta comunión con el auténtico Magisterio de la Iglesia, cumplir nuestra misión
decididamente y trasmitir luz, certezas, seguridad. Evitar, pues, todas las fórmulas
equívocas o deletéreas; liberar el lenguaje de esas inexactitudes, tergiversaciones y
maliciosos abusos que suelen hacerle los intereses disimulados, y aun descarados, de
muchos sectores de la sociedad. La manipulación de las palabras se convierte en mentira
porque oculta la verdad y es grave hipocresía. Por la historia de la cultura sabemos que los
límites u horizontes del lenguaje, son los límites u horizontes del mundo. |
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