Sobre la paz: Juan Pablo Magno y Santo Tomás

Cuando en 1981 exigía que lo volvieran a operar, a pesar de la voluntad contrapuesta de sus médicos, el Siervo de Dios Juan Pablo II no dudó en argumentar: “Toda mi vida he defendido al hombre, ahora el hombre soy yo”. Ya en su primera Encíclica –Redemptor Hominis– audazmente afirmaba que “el hom...

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Detalles Bibliográficos
Autor principal: Balmaseda Cinquina, María Fernanda
Formato: Artículo
Lenguaje:Español
Publicado: Pontificia Universidad Católica Argentina. Facultad de Derecho 2023
Materias:
PAZ
Acceso en línea:https://repositorio.uca.edu.ar/handle/123456789/16952
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Descripción
Sumario:Cuando en 1981 exigía que lo volvieran a operar, a pesar de la voluntad contrapuesta de sus médicos, el Siervo de Dios Juan Pablo II no dudó en argumentar: “Toda mi vida he defendido al hombre, ahora el hombre soy yo”. Ya en su primera Encíclica –Redemptor Hominis– audazmente afirmaba que “el hombre es el camino de la Iglesia”. Pero la centralidad de la persona humana a lo largo de todo su prolífico magisterio debe ser entendida en su justa dimensión: la relación del hombre con Dios y su plenitud en Cristo. Su preocupación por la paz no está exenta de esta consideración. Podemos presentar dos líneas de textos en torno a la paz: a) la paz está condicionada por la justicia y b) la paz es causada por la caridad. a) Paz y dignidad humana. La paz de los hombres: paz social Ciertamente, hay que afirmar que “todo lo que hiere a la persona es ya un acto de guerra que comienza”.3 “Mientras existan injusticias en cualquier campo que afecte a la dignidad de la persona humana, bien sea en el campo político, social o económico, bien sea en la esfera cultural o religiosa, no habrá verdadera paz”.4 “La justicia social sólo es verdadera si está basada en los derechos del individuo. Y esos derechos sólo serán realmente reconocidos si se reconoce la dimensión trascendente del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, llamado a ser su hijo y hermano de los otros hombres, destinado a una vida eterna. Negar esa trascendencia es reducir el hombre a instrumento de dominio, cuya suerte está sujeta al egoísmo y ambición de otros hombres, o a la omnipotencia del Estado totalitario, erigido en valor supremo”...