| Notas: | Un grupo de estudiantes extiende sus brazos por entre los barrotes y tipea en los teclados. Algunos de ellos escriben cartas para sus familias. Las computadoras están del otro lado de la celda, en el pasillo. Cuando se anotaron en el Taller de Informática del Batancito -la cárcel para menores del Complejo Penitenciario de Batán- pensaban que al menos cada quince días iban a salir del engome por un rato. Como ocurría en el penal de Lomas de Zamora, cuando a algunos de ellos los llevaban a cursar la escuela secundaria a una cocina diseñada para las necesidades de los asistentes de minoridad. La anécdota, narrada por las sociólogas Julia Pasin y Ana Laura López, grafica muy bien las dos lógicas contrapuestas que tensan la educación en contextos de encierro: la de la seguridad y la propiamente educativa. Todo ello -introducen Diego Herrera, Mariana Liceaga y Julián Mónaco, integrantes del equipo editorial de UNIPE- en un contexto general de precariedad, con trayectorias discontinuas y con complejas y específicas relaciones de poder, diferentes a las de la escuela extramuros. ¿Qué posibilidades reales tienen jóvenes y adultos de ejercer el derecho a la educación?”. |